El niño prodigio Blaise Pascal

Blaise Pascal fue otro de esos niños prodigio. A los once años ya había escrito un tratado sobre los sonidos de los cuerpos en vibración. Su educación corrió por cuenta de su padre, que se hizo cargo de él y de sus dos hermanas al fallecer su mujer cuando el pequeño Blaise aún tenía tres años. Blaise pronto quedó prendado de las matemáticas, pese a que su padre se las hubiese prohibido porque le robaban tiempo para los estudios de latín y griego. Una noche subieron al cuarto del chaval, que se suponía estaba estudiando retórica latina y lo encontraron demostrando el teorema de que los ángulos de un triángulo suman ciento ochenta grados… sobre la pared, con un trocito de carbón. De modo que le dejaron que por lo menos estudiase a Euclides.

blaise pascal

 

Pasado el tiempo, ya con dieciséis años escribió un Ensayo sobre las cónicas, hoy perdido ya que nunca fue publicado. Pero Pascal no veía a su padre muy convencido con las matemáticas, y en especial después de que el cardenal Richelieu le mandase a Normandía a recaudar impuestos, donde tenía que ejercitarlas constantemente. Un buen día Blaise le envió un regalo a su padre, un invento llamado “la pascalina”, o en otras palabras, la primera calculadora de la historia.

De las matemáticas pasó a interesarse por otras disciplinas en las que también dejó su huella: no olvidemos que inventó la prensa hidráulica (y la jeringuilla), aclaró el conflicto de las unidades de presión, a las que llamó “pascales” y estudió el concepto de vacío. Pero todo ello no serían sino eslabones de una cadena que terminaría irremediablemente en la filosofía: tras un accidente que tuvo al cumplir los treinta y un años (casi muere atropellado por un coche de caballos) comenzó a dejar de pensar en lo humano y se centró en lo divino ¿qué hacer con Dios? ¿creer o no creer?. Su solución era bien sencilla: “si Dios no existe, nada pierde uno en creer en él, mientras que si existe, lo perderá todo por no creer”. Pero incluso en la filosofía encontró algún que otro rechazo, como cuando el rey mandó quemar alguna de sus obras por considerarla inmoral y ofensiva (hoy es un modelo de prosa e ironía).

Pero lo más curioso de todo es que yo siempre me imaginé a Pascal como un viejecito cascarrabias, y resulta que falleció con tan sólo treinta y nueve años. A él pertenecen frases tan utilizadas como “el corazón tiene razones que la razón desconoce” o “El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende”. Os dejo con unas más que son mis preferidas, como por ejemplo esta coletilla que introduce al final de una de sus cartas: “He redactado esta carta más extensa de lo usual porque carezco de tiempo para escribirla más breve.” Sencillamente genial, ¿no?. Y dos más que son para recortar y pegar “Ordinariamente, uno se convence mejor por las razones que encuentra por sí mismo que por aquellas que proceden del espíritu de los demás.” y por último “Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas”.

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