El gran Carl Friedrich Gauss

Si hablamos de matemáticas, hablamos de Gauss, una de las mentes más importantes de esta disciplina. Y lo fue desde muy joven, a pesar de que su padre jamás quiso que su hijo se dedicase a labores intelectuales: se rumorea, que con sólo tres años ya corrigió a su progenitor en unas cuentas que estaba haciendo. Con la inestimable ayuda de su mamá consiguió acceder a una educación, bastante rígida y encorsetada, eso sí, pero educación al fin y al cabo.

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En el colegio, cómo no, destacó por su soberana inteligencia, como atestigua la famosa anécdota de la suma de números del uno al cien (que el joven Gauss solucionó mentalmente en pocos segundos para asombro de la concurrencia). Su fama comenzó a expandirse hasta que llegó a los oídos de un viejo duque que le costeó sus estudios. Alcanzados los veinte años leyó su tesis doctoral y dos años más tarde la publicó como complemento a una de sus más grandes obras maestras: las Disquisitiones Aritmeticae. Esto supuso que con veinticinco años fuese nombrado miembro de la Real Sociedad de Ciencias de Gottingën. Bolyai, su gran amigo de los tiempos de la Facultad, relataba así sus encuentros: “Nos unía la pasión por las Matemáticas y nuestra conciencia moral, y así paseábamos durante largas horas en silencio, cada uno ocupado en sus propios pensamientos”. Claro, así descubrió cosas como la predicción de la órbita del asteroide Ceres, lo que le valió que a los treinta y dos fuese nombrado director del observatorio de Göttingen.

Allí demostró cómo calcular la órbita de cualquier planeta. Pero a Gauss también le quedaba tiempo para tener una cierta vida personal: unos años antes había contraído matrimonio con Johanna, con quien tuvo dos niños. La llegada del tercero (que sólo vivió tres meses) supuso el fallecimiento de su joven esposa. Hay quien dice que Gauss, tan concentrado en su trabajo, cuando le comunicaron que su esposa estaba a punto de morir, respondió: Sí, sí, pero pídale que espere un momento hasta que acabe con esto. Un año más tarde se casó en segundas nupcias con Minna, una amiga de Johanna con la que tendrá otros tres hijos. Mientras tanto Gauss había estado realizando importantes contribuciones a la geodesia y a la estadística (la famosa campana de Gauss) entre otras cosas, como al magnetismo fabricando, junto a Wilhem Weber, un rudimentario telégrafo eléctrico. Su vida familiar acaba complicándose: su hijo Eugen, que debía de estar hasta el gorro de su papá, se marcha a EEUU quizá para perderlo de vista; su mujer fallece y Gauss sólo encuentra consuelo refugiandose en la Física, para la que consiguió numerosos hallazgos, muchos de ellos descritos en su diario, que no se hizo público hasta medio siglo después de su muerte.

Con avanzada edad, comenzó a interesarse por los avances de la tecnología y visitó las obras del ferrocarril en una accidentada excursión que casi le cuesta la vida (y es que conducían los coches de caballos como locos). La hidropesía, enfermedad común en muchos de nuestros personajes acabó con su vida a los setenta y siete años (las mismas decenas, por cierto, que las de su nacimiento). Gauss, quien fue conocido como el Príncipe de los matemáticos, fue descrito por su amigo Sartorius von Waltershausen como un hombre sencillo y sin afectación desde su juventud hasta el día de su muerte. 

Un pequeño estudio, una mesita de trabajo con un tapete verde, un pupitre pintado de blanco, un estrecho sofá, y, después de cumplir los 70 años, un sillón, una lámpara con pantalla, una alcoba fresca, alimentos sencillos, una bata y un gorro de terciopelo eran todas sus necesidades.

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